Laura Revuelta

PEDAZOS DE LA REALIDAD

Joven pero en absoluto novata en cuestión de presentarse a concursos de pintura, Belén Elorrieta es la ganadora de la XIV edición del Premio Blanco y Negro. Antes de que éste llegara, su currículum ya contaba con algunas menciones especiales y medallas de honor.

“Visita a la ciudad” es el título del cuadro galardonado que, dentro del conjunto de la obra de Belén Elorrieta, no supone una excepción, si acaso la que confirma la regla, el camino por el que siempre ha dirigido su pintura.

Aunque parece mujer de pocas palabras, por lo que a su pintura respecta, Belén Elorrieta se agarra con fuerza a esta máxima insobornable: “Mantenerme fiel a mí misma”. Ahí está, queda en cada uno de sus cuadros, del primero al último. En el recorrido por los tiempos de su obra apenas se percibe un antes o un después, ni capítulos, sino una puesta en escena simultánea.

Esta pintora se ha presentado en cinco ocasiones al Premio Blanco y Negro y lo ha ganado esta última, la XIV edición, con “Visita a la ciudad”. Perseverante. En una licencia a la hipérbole controlada, las diferencias entre algunos de estos trabajos resultan imperceptibles. De presencia casi invisible. Que duda cabe que no son idénticos, que no hay dos cuadros iguales, pero responden a esa directriz: “fiel a mí misma”, y a lo que ésta implica.
Abierta o cerrada

Durante un rápido repaso a sus obras, a su pasado y presente, explica cómo en unas se distingue una “pintura más cerrada”que en otras. Un sutil matiz, cuya traducción al lenguaje visual equivale a una pincelada con suaves texturas, densa, en lugar de aparecer semidiluida, vaporosa.
Por lo que se refiere a los temas, a los motivos, poco o nada ha cambiado. Lo que antes retrataba aún le sirve de motivo, de centro de atención pictórica. El grado de complicidad con el entorno tampoco ha pasado por crisis destacables, por altibajos demasiado abruptos. No se perciben miradas ensombrecidas por el desengaño. El color no palidece y, junto a este sentimiento de fidelidad, ocupa lugar de privilegio en esta pintura.

El detalle íntimo, de sutiles resonancias cotidianas, queda recogido en estos trabajos, donde en contadas veces desaparece la figura humana. Ésta bien puede desempeñar un papel periférico o central, pero casi siempre está ahí. En grupo o sola. Real o ficticia. Quizá porque, viene a decir Belén Elorrieta, desde que el mundo es mundo, éste necesita de unos protagonistas. No tendrían sentido ni las horas ni los días ni las semanas, si no hubiera alguien para llenarlas, más que de significados, de actos. Tan intranscendentes como estar sentado en un sillón, de acuerdo, pero de ellos están repletos las secuencias, una vida cualquiera. Esta pintura, desde luego, no narra excepciones.
Entre veladuras

La filosofía interna de Belén Elorrieta reposa en constantes vitales. Su pintura juega a dos bandas con la estética y la realidad, amparadas ambas en las virtudes del color. Algo que se entiende muy bien en el momento en que ella desvela su sistema de trabajo. Sobre el lienzo en blanco va esparciendo diferentes manchas de pintura. Traspunte abstracto. Pudiera quedarse ahí y dar por concluida la obra, porque a veces le agrada y así lo confiesa, pero repite de nuevo aquello de “mantenerme fiel a mí misma”. Por tanto, sigue las recomendaciones de su compromiso y construye sobre la irrealidad un pedazo de realidad. Aprovecha ese trasfondo, esa base, y entre veladuras moldea la escena que luego aparecerá en el cuadro.

Consciente de que su pintura no fija lugar ni en el presente ni en el pasado, pues toma referencias de uno y de otro, Belén Elorrieta se reconoce distinta. A la prueba de los demás participantes en el XIV Premio Blanco y Negro nos remitimos. De las diferentes corrientes marcadas, ella abre y cierra una. En el fondo, nada hay más personal que uno mismo y sus convicciones.

LAURA REVUELTA
Revista Blanco y Negro
ABC Cultural
15 de diciembre de 1996