Carmen Pallarés

La total falta de pretenciosidad es, en principio, una de las notas que más se agradecen al colocarse ante las obras de Belén Elorrieta. En ellas interiores, personajes y escenas tienen, por decirlo así, la natural configuración de las cosas de este mundo, dentro de ámbitos convivibles, humanamente amables, sin que ello signifique blandura ni debilidad. A favor de estos cuadros actúa también algo poco frecuente en las obras de los pintores jóvenes, una diferenta de la que creo que Elorrieta es consciente y que puede apreciarse al contemplar sus tranquilos ensueños cotidianos: se trata de la escala, algo muy distinto del tamaño. Dos cosas, pues, para destacar en un primer golpe de vista en la pintura de Belén Elorrieta, que ha de merecer, sin duda, creciente atención porque con la paulatina seguridad está cubriendo el trecho que va desde el aprendizaje hasta la aplicación inventiva.

Jugando en esas perspectivas que hemos dado en llamar ingenuistas o primitivas, y jugando también una aparente impremeditación a la hora de elegir los elementos de sus obras y la situación de los mismos dentro de la composición, Elorrieta intensifica su encanto final y favorece, por tanto, la complacencia que podamos sentir ante sus cuadros. Un hueco, una ventana, un balconcillo se abren casi siempre en sus obras a la manera clásica, y el espacio, la atmósfera, la vida, crecen a través de ellos y se continúan. Dentro de una tradición, pues, sus figuras son actores, personajes que en su representación plástica se sitúan para que podamos contemplarlos usando de nuestra cordialidad y aceptando la suya, caso con el mismo espíritu dócil de las cosas que los rodean, cuyo protagonismo no es menor.

La pintura de Belén Elorrieta no invade, no se impone, pero nos dice muchas cosas, reuniendo incluso en cada composición varios centro de interés que encontramos a veces desplazados, escapándose por las puras esquinas de los lienzos: por si solos no podrían constituir otra obra, ya que por sí mismos lo son.

Esto, en muchos casos es un índice claro de bisoñez, cuando no de indeseable enfatismo. En el caso de Belén Elorrieta es –como dice Adolfo Castaño en el texto del catálogo- condición generosa de su juventud, y como tal, por tanto, interesante.

Carmen Pallarés
ABC CULTURAL
25 de junio de 1993